Aún sentía un leve regusto a sangre, no se si era la mía, o de aquel grandullón al que estuve atizando en el patio de El Brazo Amigo, aquellos tipos del tal Trono de Hierro, sabían pegar, no cabía duda, quizá fueran unos buenos aliados al lado de una buena jarra de cerveza, pero por ahora era momento de retirarse, seguir nuestro camino y avanzar con paso ligero hacía nuestro siguiente destino.
Mientras reuníamos información acerca de los asesinos, una amable mediana, nos comento la historia de un ogro que le había sisado a la fuerza un bonito anillo. Esta nos pidió que si podíamos recuperarlo, se lo llevásemos a Beregost, donde ella vivía, y como la cueva del ogro que nos mencionó, se encontraba de camino a la siguiente aldea, alegres por la descarga de adrenalina nos dirigimos hacia la cueva del ogro. Pensamos, total, cinco grandes trasgos, un ogro, no podía ser más difícil.
No habíamos avanzado mucho, y iba yo arreando a las mulas desde el pescante, haciendo bromas con Grim que venía a mi lado, cuando ambos y otros pocos hermanos nuestros, nos percatamos de un leve sonido, y unas voces casi escupidas. Yo no sabía que era eso, pero me lo imaginaba, aunque no había aprendido a hablar trasgo (las mujeres no son bonitas de ver, así que, para que molestarse) sabía que se trataba de ellos, al fin y al cabo, nuestro último día en Candelero, constó de una buena trifulca con un grupo de estos bichos.
Aunque no nos pillaron del todo desprevenidos, los virotes de ballesta nos sorprendieron volando de un lado a otro del camino, aquellos cerdos me acertaron en un hombro, no solo fueron virotes, algunos de ellos salieron de su escondite. A groso modo eran diez con ballesta más otros diez desde los matorrales, un total de veinte dispuesto a asesinarnos, y saquearnos, nosotros no íbamos a permitir aquello.
Desde la altura del pescante agarré mi arco y cargué una flecha mientras mis hermanos se iban bajando del carro mientras desenvainaban sus espadas, y repartían golpes a diestro y siniestro, haciendo caer a unos pocos medianos corruptos de aquellos.
A los pocos segundos y después de haber lanzado un par de flechas, avisté a mi alrededor, para hacer recuento y asegurarme que aún no habíamos caído ninguno. Un vistazo rápido me aseguró que solo nos faltaba uno.... ¡¿Que solo nos faltaba uno?! Volví a mirar a mi alrededor, disparando una flecha por instinto, que erró irremediablemente golpeando la corteza de un árbol. Mientras pedía perdón a nuestra grácil y generosa madre naturaleza, me fui dando cuenta de que el que faltaba Ezequiel, su voz llegaba de abajo al grito de "¡Atrás bellacos!". Al asomarme una hoja de espada sobresalía de debajo del carro, intentando golpear a algún desafortunado trasgo.
Lo poco desafortunados que eran obligaron a esa hoja a desaparecer y a intercambiarse por una cabeza. Nada más salir una avalancha de espadas cortas bajaron sobre el.
¡Diecinueve, tan solo diecinueve! Estuvimos a punto, pero aquel enano saltarín con cara de rata estaba escapándose, aquello corría como alma que lleva al diablo, de haber acabado con los diecinueve antes que este empezase a correr, podríamos haberle dado caza, pero ya era imposible, solo podíamos partir tan rápido como pudiésemos evitando que este diera alarma a un grupo más grande y nos atacase cuando menos fuerzas teníamos.
Desvalijamos a los trasgos, mientras reanimábamos a Ezequiel. Lo único que podemos agradecerle a Ezequiel de aquel combate fue aquella gran lección que ahora nadie olvida, y vosotros tampoco olvidareis, jamás os coloquéis debajo de un carro cuando tus enemigos puede atacarte sin agacharte.
A un poco más de distancia nos separamos del camino, adentrándonos en el bosque en sentido a la cueva del ogro. Anduvimos una larga distancia entre el bosque. El carro y la carreta nos ralentizaba el paso, pero no podíamos dejarlo a merced de cualquier otro bicho usurpador que pudiera estar suelto. Con suerte podríamos llegar cerca de la cueva del ogro antes de anochecer y podríamos descansar antes de enfrentarnos a este.
Aquella noche fue tranquila. Tomamos las precauciones pertinentes, las típicas guardias, con el tiempo suficiente para dejar descansar a quien tenía que descansar.
La mañana siguiente desayunamos y nos preparamos para seguir nuestra marcha.
Al poco tiempo llegamos a un camino sin salida, una maraña de zarzas nos obstaculizaba el paso. Eramos suficientes como para subir unos pocos y dejar a gente guardando nuestros bienes.
Magín, Grim, Zumozol, Ezequiel y yo, fuimos los candidatos, dejamos a Laila, Danonino, Buster y Morion al cuidado de nuestros bienes, y atravesamos los zarzales.
Aquello no fue fácil, pero nadie dijo que fuera a serlo. Pero sin duda no iba a ser lo más complicado.
No me hubiera importado subir hasta la cueva si hubiera medido unos 30 pies más, aquellos peldaños estaban hechos para algo grande, muy grande, empecé a temer haber dejado a Danonino ahí abajo, aunque llevásemos a la bestia de Zumozol.
Al rato, después de mucho sudor, y unos cuantos resbalones, llegamos. Zumozol iba primero, Grim era el segundo Magín estaba el tercero, yo el cuarto y Ezequiel el quinto.
Zumozol desapareció al recuperarse en el saliente de la balconada natural donde se encontraba la cueva. El aire se lleno de un sonido y una pestilencia que quitaban el aliento de una forma exagerada y tuvimos que empeñar nuestras mejores fuerzas en lograr subir.
Al parecer la escena no era del todo complaciente, Grim dio un salto, y mientras subía Magín, y yo le seguía se empezó a desplazar a la siguiente pared, y comenzó a escalar, supongo que para emularse a si mismo en la batalla del desfiladero.
Y aquí llegué yo, cuando me incorporé tenía a Magín a mi lado, mirando fijamente a algún punto, delante suyo, y hacía allí miré yo.
Aquella mole nos miraba, al parecer dos eran más apetecibles que uno, y pasó olímpicamente de Zumozol, y empezó a moverse hacia nosotros.
Atrás necesitaba volver atrás, pero... Ezequiel me cortaba el paso, Magín se alejó hacia la derecha, y yo no tuve más remedio que encarar aquella bestia que se acercaba a paso lento, y apesadumbrado.
Por suerte, logré desviarme de la trayectoria de su horrible mangual, cuyas púas giraban alrededor de una esfera de hierro que rotaba sobre si misma, y traslaba alrededor del puño del arma enganchado a una estruendosa cadena que acompasaba los movimientos del brazo que medía dos Cantiquipugui (o quizá fueran tres).
Cricri-cricri-cricri (Me llamaba a mí)
Pero Ezequiel estaba detrás, y fue este el que se llevo el amigable saludo de las púas del mangual. Me escurrí entre sus piernas y me dirigí hasta detrás de Zumozol, quien ya apoyaba su escudo pavés para hacer de muro a la gran mole que se daba la vuelta lentamente.
Mientras tanto Grim se descolgaba de nuevo por la pared por la que había escalado, esperando caer sobre su presa desde arriba, algo que para su desgracia no pudo ser.
En tanto que Ezequiel golpeaba al grandullón, Grim disparaba flechas, compartiendo forma de ataque conmigo, Magín bombardeaba a hechizos a nuestro enemigo, y Ezequiel, mantenía su ataque desde detrás.
Durante un buen rato estuvimos golpeando, y soportando golpes hasta la extenuación, pero finalmente el número venció y logramos hacernos con el botín, entre nuestro tesoro se encontraba el anillo, como única pieza de valor que encontramos entre todas aquellas baratijas.
Descendimos , ya no me acuerdo porque, con el cuerpo inerte del ogro golpeándose contra cada peldaño, aquella masa de carne vibraba haciendo grandes ondulaciones por toda la piel.
Al llegar donde el carro entregamos nuestros trofeos con orgullo a Danonino y empezamos a prepararnos para comer. Las raciones nos supieron a gloría en aquel momento eramos vencedores, los mejores, pudimos con el ogro.
Ya estábamos bajando la comida, cuando, para no perder la costumbre, unos ruidos entorpecieron nuestro descanso.
Sí, lo sé, esto ya empieza a ser cansino, y no es para menos, yo también pensé lo mismo, y no os falta razón, es como si un cocinero tiene una vida aburrida y se dedica a relatar sus aventuras entre fogones, una y otra vez, estaba preparando un estofado delicioso, y un ruido entorpeció mi apacible contemplación del plato de carne balbuceando entre el agua hirviendo, aquella salsa en la sartén de la otra punta de la cocina comenzó a chisporrotear, y tuve que correr para allí.
Y de esa manera uno y otro y otro día, uno y otro y otro día.
Pero no os preocupéis que solamente iré a por los detalles importantes de lo que en ese momento aconteció.
Ciertamente... eran trasgos... de nuevo, había otros veinte junto con otros dos más, uno de los que dirigían a un grupo era nuestro amigo el que se escapó anteriormente, parecía que venía a por más, sencillamente era... gilipollas por así decirlo. No sé, lo normal, es que si te enfrentas a un grupo de gente, y te dan hasta en el reverso de la armadura, no quieras volver durante largo tiempo, pero este, venía a por más, ¡mucho más!
Parecía que no se habían percatado de que les habíamos visto, y decidí urdir un pequeño plan. Mientras el resto de nuestros hermanos se apostaban detrás del carro que nos hacía de cobertura, avisé a Grim y Magín, que me ayudasen a alzar el cuerpo muerto del ogro.
Alzamos el cuerpo, y mientras movía los brazos, pedí a Magín que me tradujera en trasgo lo que quería decirles, e imite la voz ronca y grave de un ogro.
- UUAAARRRGGGGG, ¡¡os voy a matar a todos, da igual cuantos vengáis!!
Los grupos se habían separado, y el grupo a nuestra derecha, parecía no retroceder a este gran enemigo, el grupo comandado por el actor ahora conocido como "El Gilipollas", no avanzaba estaba al acecho, parecía que habíamos logrado, en parte el efecto deseado.
Seguimos durante un buen rato esa pantomima, ya mientras nuestros hermanos cargaban contra el grupo de la derecha, el más decidido. Pero aquel truco no podía durar mucho, por desgracia. Aquel cuerpo era demasiado pesado para mi, y se me estaban cansando los brazos, en aquel preciso instante desequilibre al muerto hacia delante y caí de pies sobre su espalda bajándome de los hombros de Grim que hasta entonces aguantaba, junto con Magín, las piernas del monstruo.
Cualquier adjetivo podría haber valido para describir la cara de sorpresa de los trasgos de "El Gilipollas". Mientras que los otros parecía que no se lo habían creído en ningún momento, para ellos había colado con bastante facilidad, y resultó bastante impactante para ellos descubrir el pastel, o no.
Ahora debía hacer aquello para lo que había estado practicando durante tanto tiempo, la improvisación, era el momento de mi mejor actuación sobre el escenario, debía decidir que hacer en menos de una milésima, de segundo.
Mirando fijamente a aquel grupo, desenvainé la cimitarra, me impulse hacia delante descendiendo de la espalda del ogro, abrí la boca, levanté la cimitarra, di orden a Buster:
- Yo he matado al ogro y voy a mataros a todos, ¡¡soy el asesino de ogros!!
- ¡¡ERFENGUEN TER GRASTAANG!! - Magín utilizaba su idioma, y se abalanzaba sobre ellos vitoreando mi nuevo mote.
Morion y Buster iban a la cabeza a toda velocidad, con hambre. Los demás les seguíamos gritando mi mote.
Al parecer aquello surtió el efecto deseado, si soy sincero, jamás pensé que fuera a funcionar, pero, sorprendentemente lo hizo, y aquellos once bajitos salieron pies para que os quiero, solamente un par cayeron bajo las garras y los mordiscos de nuestros cánidos. Poco antes caían el resto de sus compañeros a manos del resto de nuestros hermanos, Magín, Grim y yo nos habíamos ganado aquella victoria, la interpretación fue fabulosa.
Era momento de recoger, volver al camino y dirigirnos hasta la siguiente aldea, necesitábamos un poco de descanso como se merecen los campeones rodeados de paredes. Durante el siguiente tramo de viaje los árboles eran más verdes, los pájaros cantaban nuestras hazañas, la brisa acariciaba nuestras mejillas, era alegría, me tomé la libertad de ir silbando la canción con la que se cantaría esta epopeya.
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